Domingo de Ramos

El Domingo de Ramos es la conmemoración litúrgica que recuerda la entrada de Jesús en la ciudad de Jerusalén donde Él celebraría la Pascua judaica con sus discípulos.
Él es el portal de entrada de la Semana Santa. Es en el Domingo de Ramos que se inicia la Semana de la Pasión. Es el día en que la Iglesia recuerda la historia y la cronología de esos acontecimientos para de él sacar una lección.

Un Rey entra a la ciudad montando un jumento
Ya desde la entrada de la ciudad, los hijos de los hebreos portaban ramos de olivos y alegres saludaban con ellos, extendían mantos en el piso para Jesús pasar sobre ellos. ¡Jesús entró a la ciudad como Rey!
Hasta parece que era un deseo de Él que fuese así, pues, la escena en que todo transcurre reproduce la profecía de Zacarías: el rey de los judíos vendrá. Exulta de alegría, hija de Sión, suelta gritos de júbilo, hija de Jerusalén; es que viene a ti tu rey, justo y victorioso; él es simple y viene montado en un jumento, en el potro de una jumenta. (Zc 9,9)
Aunque Jesús montase un simple jumento, el cortejo caminaba, alegre y digno. En la expectativa de estar allí el Mesías prometido, Jerusalén se transformó, era una ciudad en clima de fiesta.
Y Él era aplaudido, aclamado por el pueblo: "Hosanna al Hijo de David: bendito sea el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel; hosanna en las alturas". Esto ocurrió algunos días antes de que Jesús fuese condenado a muerte, cuando los ecos de los gritos de "hosanna" ya se mezclaban al clamor de insultos, amenazas y blasfemias que lo llevarían a su Pasión redentora.

¿Qué tipo de Mesías querían aquellos judíos?
De la entrada festiva como rey en Jerusalén hasta el desenfreno de la flagelación, de la coronación de espinas y de la inscripción en la cruz (Jesús de Nazaret, rey de los Judíos), somos llevados a preguntar: ¿Qué tipo de rey aquel pueblo quería? ¿Y qué tipo de rey era Jesús? Nuestro Señor era aclamado por el mismo pueblo que lo había visto alimentar multitudes. Era aplaudido por aquellos que lo vieron curar ciegos y cojos y, todavía hacía poco, habían presenciado la resurrección de Lázaro.
Impresionada con todo eso aquella gente tenía la certeza de que este era el Mesías anunciado por los Profetas. Pero, aquel pueblo era superficial y mundano, juzgaba que Jesús fuese un Mesías político, un liberador social que fuese arrancar a Israel de las garras de Roma y devolverle el apogeo de los tiempos de Salomón.
Y en eso estaban equivocados, engañados: ¡Él no era un Rey de este mundo!
Sus corazones apreciaban a Jesús de modo incompleto
La entrada de Jesús en Jerusalén fue una introducción para los dolores y humillaciones que luego Él sufriría abundantemente: la misma multitud que lo homenajeó movida por sus milagros, le dio las espaldas y pidió su muerte.
En el Domingo de Ramos queda patente como el pueblo apreciaba a Jesús de un modo incompleto.
Es verdad que lo aclamaron, sin embargo, Él merecía aclamaciones inconmensurablemente superiores. ¡Merecía una adoración amorosa, bien diversa de la que le fue dada!
Entretanto, lleno de humildad, allá iba Nuestro Señor Jesucristo sentado en un burrito, avanzando en medio a la multitud ruidosa, impulsando a todos al amor de Dios.

Solo una persona lo entendió en aquella hora...
En general, las pinturas y grabados presentan a Nuestro Señor mirando pesaroso y casi severo a la multitud. Para Él, el interior de las almas no ofrecía secreto. Él percibía la insuficiencia y la precariedad de aquella ovación.
Apenas una persona percibía lo que estaba ocurriendo con Jesús y sufría con Él. Y esa persona ofrecía su dolor de alma como reparación de su amor purísimo a Nuestro Señor: era Nuestra Señora.
¡Pero... que requinte de gloria para Nuestro Señor! Era el mayor de ellos porque Nuestra Señora vale incomparablemente más que toda la Creación. En aquellas circunstancias, María representaba todas las almas piadosas que, meditando la Pasión de nuestro Salvador, habrían de tener compasión y pena de Él. Almas que lamentarían no haber vivido en aquel tiempo para poder, entonces, haber tomado posición al lado de Jesús.

¿Domingo de Ramos en mi vida?
Existe un defecto que disminuye la eficacia de las meditaciones que hacemos. Este defecto consiste en meditar los hechos de la vida de Nuestro Señor y no aplicarlos a lo que sucede en nosotros o en torno de nosotros.
Así, por ejemplo, a nosotros espanta la versatilidad e ingratitud de los judíos que asistieron la entrada de Jesús en Jerusalén.
Nosotros los censuramos porque proclamaron con la más solemne recepción el reconocimiento de la honra que se debería tener al Divino Salvador y, poco después, lo crucificaron con un odio tal que a muchos llega a parecer inexplicable.
¡Esa ingratitud, esa versatilidad para cambios de opinión y actitudes no existieron apenas en los hombres de los tiempos de Nuestro Señor! La actitud de las personas contemporáneas de Jesús, festejando su entrada en Jerusalén y después abandonándolo a merced de sus verdugos, se asemeja a muchas actitudes que tomamos.
Muchas veces alabamos a Cristo y nos llenamos de buenas intenciones para seguir sus enseñanzas, sin embargo, al primer obstáculo, nos dejamos llevar por el desánimo, o el egoísmo, o por la falta de solidaridad y, una vez más, por ese desamor, alimentamos el sufrimiento de Jesús.
¿Todavía hoy, en el corazón de cuántos fieles, tiene Nuestro Señor que soportar esas alternativas, esos cambios que se mueven entre adoraciones y vituperios, entre virtud y pecado? Y estas actitudes contradictorias y defectivas no se pasan apenas en el interior de alma de cada hombre, de modo discreto, en el fondo de las consciencias: ¿En cuántos países esas alternaciones se pasan y Nuestro Señor ha sido sucesivamente glorificado y ultrajado, en cortos intervalos de tiempo?

Una pérdida de tiempo: no reparar las ofensas a Nuestro Señor
Es pura pérdida de tiempo horrorizarnos exclusivamente con la perfidia, fraude y traición de aquellos que estaban presentes en la entrada de Jesús en Jerusalén.
Para nuestra salvación será útil reflexionar también en nuestros fraudes y defectos. Con los ojos puestos en la bondad de Dios, podremos conseguir la enmienda y el perdón para nuestras propias perfidias. Existe una gran analogía entre la actitud de aquellos que crucificaron al Redentor y nuestra situación cuando caímos en pecado mortal.
¿No es verdad que, muchas veces, después de haber glorificado a Nuestro Señor ardientemente, caímos en pecado y lo crucificamos en nuestro corazón?
El pecado es un ultraje hecho a Dios. Quien peca expulsa a Dios de su corazón, rompe las relaciones filiales entre criatura y Creador, repudia Su gracia.
Y es cierto que Nuestro Señor es muy ultrajado en nuestros días. No por el brillo de nuestras virtudes, sino por la sinceridad de nuestra humildad nosotros podremos tener actitudes de aquellas almas que reparan, junto al trono de Dios, los ultrajes que a cada hora son practicados contra Él.
Las lecciones del Domingo de Ramos nos invitan a eso.

Fuente: Gaudium Press

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Heraldos del Evangelio Paraguay: Domingo de Ramos
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